Les aseguro que me llevó tiempo elegir el título de esta conferencia-coloquio. Me decidí finalmente por titularla “La dificultad como reto” porque creo que esas cuatro palabras definen bien el momento actual que vivimos en occidente, en Europa, en España y también en Navarra. En esta Navarra nuestra que, precisamente por ser una comunidad con un alto grado de internacionalización, es muy sensible a los cambios socio-políticos y a las transformaciones económicas que marcan estos comienzos del siglo XXI.
He usado conscientemente la palabra “transformaciones” porque creo que ese sentido, el de cambio, es el mejor sinónimo de ese otro término que tanto pronunciamos últimamente, crisis, y que, a fuerza de repetir, muchos interpretan como hundimiento o final de un estado de cosas.
Estamos ante un nuevo territorio por explorar, con unas reglas del juego fluidas. Esto ya sucedió en el pasado: la Gran Depresión, la Reconstrucción de Europa en 1945 fueron escenarios que exigieron esfuerzo y superación a sociedades que se enfrentaban con temor a lo desconocido. Con tesón, entrega y audacia fueron solventados todos y cada uno de los obstáculos.
De hecho, considero que tenemos que enfocar esta crisis como una oportunidad de transformación y de sumarnos a la ola de cambio. Los navarros tenemos la oportunidad de volver a ser pioneros de nuevo, como lo fuimos en los sesenta transformando nuestro tejido productivo, como lo fuimos liderando el sector de la energía renovable en los noventa.
Confío en que seamos capaces de transformar Navarra como se hizo entonces superando el reto de convertir una región rural y abocada a la emigración en la tierra próspera, líder en energías renovables y acogedora que disfrutamos en la actualidad.
Señoras y señores, he venido a este Foro para mostrarles mi convencimiento de que también en esta ocasión seremos capaces de situar a nuestra tierra en la modernidad adaptándose con éxito a los inevitables cambios que, nos gusten o no, debemos acometer.
No hay fórmulas mágicas ni pócimas milagrosas. Estamos obligados a utilizar las mismas herramientas que emplearon nuestros antecesores: el trabajo, el esfuerzo, el ahorro, la seriedad.
Afortunadamente en esta ocasión tenemos mejores puntos de apoyo para que Navarra dé un nuevo salto adelante. Gracias a la labor realizada en los últimos años nuestra Comunidad está dotada con unas excelentes infraestructuras. Y, sobre todo, gracias al esfuerzo de todos, contamos con el mejor capital humano de nuestra historia, con personas muy bien formadas que no podemos permitirnos el lujo de dejar en el paro o de que trasladen sus conocimientos a otros países.
No es tiempo de lamentaciones, ni mucho menos de buscar culpables de una situación a la que, en mayor o menor medida, todos hemos contribuido.
Lanzarnos la crisis unos a otros como arma arrojadiza solo serviría para agravarla. Que no cuente nadie conmigo para eso.
Tampoco dedicaré un solo minuto a lamentaciones que solo conducen a la melancolía. La situación es la que es, y quienes tenemos la responsabilidad de liderar nuestra tierra debemos hacerlo con convicción, con determinación y, hasta me atrevería a decir con buenas dosis de coraje.
Cuando hablamos de la actual situación de nuestra Comunidad, me parece importante señalar que no hemos pasado de ser muy buenos a ser muy malos. Ni de ser una isla ajena a la crisis general, a una situación de catástrofe.
Quiero dejar claro que una cosa es la economía navarra y otra cosa es el gasto público.
Por un lado, nos encontramos con una economía navarra situada entre las regiones punteras de Europa, capaz de exportar y de competir en el exterior, que disfruta de muy buenas dotaciones de todo tipo y que se beneficia de la pujanza de subsectores económicos como el del automóvil, la agroalimentación o las energías renovables entre otros.
Posiblemente cerraremos el año siendo una de las economías que más crezcan y una de las comunidades autónomas con menor tasa de paro. Y eso significa que las empresas y los trabajadores navarros están luchando frontalmente contra la crisis. Y es así aunque cada uno de los 42.618 parados en Navarra nos duelan.
Como decía, otra cosa es el gasto público de Navarra que debe ser drásticamente reducido de manera que no gastemos lo que no tenemos. Y es que el Gobierno de Navarra comparte plenamente el compromiso asumido por el Gobierno de España en pos de la estabilidad presupuestaria. Y lo comparte plenamente, no por mera obligación, sino sobre todo por convicción.
No obstante, he de aclarar que entiendo la estabilidad presupuestaria como un medio, como una condición necesaria para alcanzar la meta que verdaderamente nos preocupa, que es tener garantizada la financiación y, con ella, dar soporte al crecimiento y la creación de empleo.
Otro punto que debemos aclarar a los ciudadanos para evitar cualquier malentendido es que la estabilidad presupuestaria no representa una amenaza para el Estado del Bienestar. Todo lo contrario.
Lo que realmente amenaza al Estado del Bienestar son los desequilibrios presupuestarios persistentes, que terminan desviando una parte muy importante del gasto al simple servicio de la deuda y ponen así en peligro la financiación de otras partidas de gasto mucho más relevantes para la sociedad.
En otras palabras, debemos aspirar a la estabilidad presupuestaria para ganar credibilidad como prestatarios fiables. Una vez merezcamos esa credibilidad, será más fácil encarar el futuro con ciertas garantías, siempre que el resto de políticas se oriente en la dirección adecuada.
Ahora no queda otra opción que gastar menos. No hay otro camino.
Cierto es que en Navarra primero la Diputación Foral y luego los sucesivos gobiernos democráticos han jugado un papel motor.
Pero también es cierto que con el devenir de los años lo que en su día fueron subvenciones puntuales para estimular iniciativas o consolidar proyectos en marcha han ido consolidándose como únicas fuentes de financiación estables. De esta manera, primero “mamá Diputación” y luego “papá Gobierno” han cargado a sus espaldas con una pléyade de entidades dedicadas a todo tipo de actividades, teóricamente privadas, pero en la práctica dependientes de los Presupuestos Generales de cada año.
Legislatura tras legislatura, con la aquiescencia de los grupos parlamentarios y de la sociedad, la administración ha crecido sin cesar, y resulta difícil encontrar alguna actividad de carácter económico, cultural o social a la que no llegue su larga mano.
Estoy segura de que todo se hizo con la mejor intención y de que sin esa omnipresencia de la Administración Foral probablemente no contaríamos con esas excelentes infraestructuras, con esa calidad de servicios sanitarios y educativos, y el gran capital humano al que ya me he referido antes.
En cualquier caso ha llegado el momento de decirle a la ciudadanía Navarra que es hora de someter a nuestro sector público a una cura de adelgazamiento si queremos que siga siendo una de las locomotoras en el desarrollo de nuestra tierra.
El Gobierno no puede ser un problema para los ciudadanos. No puede ser una carga. No puede hipotecar el futuro de Navarra.
El Gobierno debe reinventarse: ser lo que debe ser: un servicio público al servicio de los ciudadanos.
Así como hace cuatro años Navarra acertó frente al primer tramo de la crisis adelantando planes de estímulo y de regulación que permitieron mantener a flote su economía y no destruir tanto empleo como en el resto de España, ahora es el momento de no vacilar en el saneamiento de nuestras cuentas públicas, y de hacerlo en dos etapas:
La primera, cumpliendo el objetivo de que el déficit en 2011 y 2012 no supere el 1,3% del PIB. Para ello, el Gobierno que presido debe proceder a una reducción en el presente ejercicio de un 7 por ciento, 294 millones de euros frente a un presupuesto inicial de 4.188 millones.
En la segunda etapa, a partir de 2013 o 2014, intentaremos no contratar más deuda.
Además, nuestra decidida apuesta por la estabilidad nos obliga a ser austeros. En aras de la reactivación económica, de la creación de empleo, de la equidad y del mantenimiento de unos servicios públicos de calidad, esta necesaria austeridad la vamos a gestionar con un manejo del gasto público eficaz y transparente, sujeto a prioridades coherentes con los objetivos que acabo de enunciar.
La herramienta en que nos basaremos para conseguirlo es la Política Presupuestaria, materia en la que vamos a impulsar varias líneas de acción desde el inicio hasta el final de la legislatura.
No nos queda más remedio que elegir entre lo prioritario y lo prescindible. Les aseguro que es una difícil y, en ocasiones, desagradable tarea, pero que mi Gobierno está llevando a cabo con decisión, y sin olvidar nunca que detrás de cada una de las medidas que adoptamos se encuentran las personas.
No podemos permitirnos que esa Administración Foral que hasta ahora ha sido motor de la actividad económica en Navarra se convierta en un lastre para la sociedad por su excesivo peso.
Ahora más que nunca es la hora de la iniciativa privada y es el momento de que, de una vez por todas, el Gobierno se dedique a desbrozar el camino de quienes están dispuestos a invertir.
Tenemos que transformar nuestro rol y convertirnos en un agente facilitador y catalizador para que los emprendedores, las empresas, los comercios y los ciudadanos obtengan las mejores condiciones para crear.
Es cuestión de cambiar la perspectiva: de la administración como problema a la administración como solución. No estoy hablando de menos gobierno ni más gobierno.
Estoy hablando de dar forma al conocimiento, a la información, al talento y a la energía de la sociedad civil navarra desde lo público.
Tenemos que asumir que como administración no tenemos respuestas para todo pero, en cambio, sí podemos ayudar a aquellos emprendedores y colectivos sociales que sí las tienen en un área específica.
Les aseguro que en estos primeros cien días en el cargo he tenido oportunidad de conocer proyectos de emprendedores que no nos piden dinero, sino que les facilitemos trámites, que les eliminemos trabas y duplicidades que generan demoras y encarecimientos de todo punto inaceptables en estos momentos de alto desempleo y escasez financiera.
Todos sabemos, por cierto, que sufrimos tiempos de restricciones crediticias, otra razón más para que las administraciones seamos austeras y no drenemos ese dinero que tanta falta hace donde debe estar, en la calle, en las empresas y en los bolsillos de los ciudadanos.
En esta misma línea, ha llegado el momento de que Navarra afronte de una vez por todas una asignatura que tiene pendiente desde comienzos de los años ochenta.
Me refiero a la racionalización de nuestro mapa local, un mapa caracterizado por el excesivo número de pequeños municipios existentes en nuestra Comunidad.
Todos sabemos que este no es asunto fácil ni pacífico, y que para sacarlo adelante habrá que vencer resistencias, atavismos y rivalidades que no llevan a parte alguna y sí al uso ineficiente del dinero público.
Deberemos demostrar a los ciudadanos que los servicios que reciben no sólo no empeoran sino que pueden mejorar si se prestan desde entes de mayor tamaño.
Desde luego, por su magnitud es un gran proyecto a desarrollar a lo largo de toda la legislatura y en el que confiamos contar con la comprensión y generosidad de los numerosos alcaldes, concejales, secretarios municipales y funcionarios directamente implicados.
He hablado hasta ahora de austeridad porque evidentemente nos enfrentamos a un problema de gasto público y cada euro debe tener un objetivo.
Sin embargo, no renuncio a buscar el incremento de los ingresos. Soy partidaria de buscar vías distintas a las subidas de impuestos, más inoportunas que nunca en estas circunstancias por cuanto suponen un freno a la actividad económica.
No obstante, soy consciente de que presido un Gobierno de coalición de dos partidos con visiones distintas sobre este tema y que tendremos que llegar a acuerdos.
Como saben ustedes estamos a punto de culminar la reordenación de nuestras empresas públicas. Una vez dado este paso, estudiaremos la venta de aquellas capaces de competir en el mercado.
No tiene sentido que, una vez impulsadas en su nacimiento, el Gobierno desarrolle software judicial o sanitario, o se dedique a la fabricación de sal, por ejemplo.
Los ajustes ya en marcha para cumplir este año nuestro objetivo de déficit, los presupuestos austeros del próximo ejercicio con una disminución del gasto público del 2,95% con respecto a 2011, y medidas de gran calado como las que he esbozado para los próximos años no serían posibles sin un Gobierno como el actual, con mayoría parlamentaria, formado por los dos principales partidos y plenamente comprometido en la tarea de que Navarra mantenga su prestigio y genere confianza entre propios y extraños.
Volviendo a las transformaciones que de manera tan llamativa van a afectar a nuestras vidas, hay una de gran magnitud que ha quedado en segundo plano debido a la preocupación social focalizada en la crisis económica.
Me refiero a la derrota de la banda terrorista ETA que, al parecer, está cada vez más cercana.
Asistimos en estos meses a una serie de acontecimientos que dejan entrever el hundimiento de una banda terrorista que tras 50 años de asesinatos y de dolor, no ha podido ganar el pulso al Estado de Derecho y a la democracia.
Sin embargo, a pesar de que la derrota de ETA se contempla como un escenario cada vez más factible, gracias a la eficaz labor de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, no debemos de dejarnos llevar por la euforia, ni bajar los brazos.
Al contrario. Estamos librando ahora una de las partes más duras de la batalla: aquella en la que nos jugamos nuestra dignidad como Estado de Derecho y como sociedad justa y democrática.
Tras medio siglo y casi mil asesinados, el Estado no puede aceptar ahora un empate ante los criminales.
Quiero dejar muy claro que la derrota de ETA no es lo mismo que su final y que una paz sin vencedores, ni vencidos, que es lo que reclaman Bildu y parte de NaBai, no es lo mismo que una paz donde se dignifique y honre a las víctimas y se repudie a los asesinos.
Es en esta batalla donde nos estamos jugando ahora los principios más sólidos de nuestra sociedad y de nuestra memoria colectiva.
Por ello, ante la eventual derrota de ETA y ante los posibles movimientos que la Izquierda Abertzale y ETA puedan hacer en próximas fechas de cara a lograr una salida digna para los asesinos y los terroristas, quiero hacer las siguientes valoraciones:
Primero. La única verificación que aceptamos es aquella en la que los terroristas aparezcan sin capuchas, anuncien su rendición, entreguen todas las armas y pidan perdón a las víctimas. ¿A qué están esperando para hacer esto?. ¿Qué ocultan?. Si realmente anuncian su rendición, ¿por qué no dan la cara?. Todo lo demás es una pérdida de tiempo.
Hemos visto demasiadas veces la misma película y el final no nos gusta. A estas alturas, y después de infinidad de treguas que ETA ha decretado y luego ha volado por los aires, sólo podemos aceptar una derrota explícita, a cara descubierta y con una entrega de armas verificada por el propio Gobierno de España, que es la única institución que ostenta la legitimidad y los medios para lograr tal fin.
Segundo. La única anormalidad democrática que vivimos en Navarra y en España es que un grupo de terroristas asesina, entre otros, a sus rivales políticos y que existen formaciones políticas que les apoyan. La normalización llegará cuando los asesinos desaparezcan y se rindan de forma incondicional y cuando quienes les apoyan dejen de mostrarles simpatía y comprensión
Tercero. El Estado de Derecho no debe de dar las gracias, ni otorgar prebendas a un grupo terrorista por dejar de asesinar. Hacerlo sería una humillación para el Estado de Derecho, para la democracia y para las víctimas.
Muy al contrario de lo que dice el señor Zabaleta la derrota de ETA tiene que tener vencedores y vencidos. Como Gobierno y como representantes de los ciudadanos navarros no podemos mirar ahora hacia otro lado y fingir que durante estos 50 años no ha pasado nada. No sería de justicia.
Quiero recordar que en Navarra aún existen crímenes y atentados recientes en los que todavía no se aclarado la autoría de los criminales, como es el caso del asesinato del concejal de UPN José Javier Múgica, cuyo juicio para esclarecer los hechos se celebrará a comienzos de noviembre.
En otros casos, como el asesinato del guardia civil Juan Carlos Beiro en Leitza, o el de los policías nacionales Bonifacio Martín y Julián Embid, asesinados en 2003 en Sangüesa, todavía ni tan siquiera se han realizado detenciones, ni los asesinos han pagado su culpa por estos crímenes.
Si tan convencidos están en ETA de que apuestan por las vías pacíficas, les emplazo a que colaboren para esclarecer estos asesinatos y ayuden a reparar el dolor de sus familias. La sociedad y los poderes públicos no pueden volver su vista ante estas injusticias que tenemos tan cercanas en el espacio y en el tiempo. Tenemos que velar porque se haga la máxima justicia con todas las víctimas y que su dolor y memoria sea reparada y no se pierda en el olvido.
Cuarto. No puede haber una paz verdadera si no hay un perdón sincero y un reconocimiento expreso a las víctimas del terrorismo de ETA. De momento, Bildu y la izquierda abertzale no han perdido ocasión para mostrar su apoyo a los asesinos de ETA y humillar a las víctimas. Lo han hecho en todos los pueblos de Navarra en los que han tenido posibilidad de hacerlo (Leitza, Alsasua, Villava). Sus actos les delatan.
Quinto. Después de 50 años de asesinatos y de crímenes, no puede haber un final digno para los terroristas y para los que les han apoyado. El Gobierno de Navarra trabajará para contar la historia tal y como ha sido
Nos enfrentamos al reto más importante de nuestra historia reciente y no podemos fallar. Con convicción y coraje, tenemos que hacer que nuestras futuras generaciones cuando miren atrás sepan que los navarros estuvimos a la altura del reto, que fuimos capaces de superarlo.
Es nuestro legado y con trabajo y esfuerzo vamos a conseguirlo. Estamos luchando por nuestro bienestar presente y futuro.
Esta crisis tiene que servirnos para tender puentes entre la sociedad civil y la política, para reivindicar el sentimiento de pertenencia a la comunidad, la solidaridad y la ayuda mutua desde una visión transformadora. El espíritu de la unidad frente a división, unidad frente a las discrepancias, es la hora de trabajar conjuntamente como venimos haciendo desde el gobierno de coalición.
La administración pública, al igual que la sociedad a la que sirve, debe de estar fundada en valores y principios sólidos. Difícilmente podremos construir una sociedad y una economía de futuro si no la cimentamos y arraigamos en profundos principios democráticos que consoliden la justicia y la convivencia.
En la apertura del curso académico de la UNED escuché ayer a su secretaria una frase de Horacio que me gustó y que, con su permiso, utilizaré para terminar esta intervención:
“El que ha empezado tiene hecha la mitad de la tarea”
Les aseguro que en eso estamos.
Muchas gracias.